lunes, 21 de noviembre de 2011

Sueño


Lams y yo nadábamos en el cenote Miguel Colorado, un lugar casi escondido en el camino hacia Escárcega. El círculo de agua emergía de la selva, en el fondo de los acantilados verdes y rocosos. Yo sentía emerger también algo enorme de la profundidad del cenote, el sentimiento de terror era fantástico. Una hamaca colgaba desde los cerros y se balanceaba sobre la superficie del agua. Lams perseguía a una chica por los senderos del cenote, entre los árboles. Finalmente la alcanzaba, la lanzaba al agua y se carcajeaba; unos monos araña que saltaban de una rama a otra también reían. Yo escuchaba todo aquello mientras me mecía en la hamaca; tendido en la mitad del enorme ojo de agua, podía ver las minúsculas figuras de mi hermano y su chica caminando en la orilla, junto a un viejo muelle, recogiendo cientos de conchas y almejas...

Tiempo después, regresábamos por una carretera blanca. A lo lejos podía ver la tormenta acercándose. Yo traía aún las marcas de los hilos de hamaca en la espalda. Pasamos por una granja rodeada por una interminable cerca de madera. Los dibujos en la cerca eran iguales a las marcas en mi espalda. En cualquier momento comenzaría a caer la lluvia.



lunes, 24 de octubre de 2011

¿Quién habla de escribir?



Hace unos días revisaba el libro de W. G. Sebald, Los anillos de Saturno. Los viajeros de a pie, las extrañezas que provocan, los trayectos que parecieran recorrer a lado de extraños. Regresé a ese libro porque estuve caminando mucho por los poblados cercanos a Campeche. El sábado pasado atravesé un puesto de seguridad a la salida de la ciudad, a la vista de siete personajes uniformados de negro, con armas R-15 y rostros duros y desvelados. Me preguntaron de dónde venía y hacia dónde me dirigía, revisaron los asientos del auto y luego agitaron las manos para indicar que siguiera mi camino. Y así lo hice, me encaminé por una carretera de curvas oscuras hasta la entrada de Castamay, un pueblo de tierra roja, lleno de árboles de mango y casas de madera. Una tranquilidad extraña flota sobre esta población de carretera; los viejos se sientan bajo los árboles de pich para ver pasar a los autos que llegan desde el valle de Edzná.


Durante la mañana recorrí los terrenos cercanos, que en su mayoría son tierras ejidales. Me acompañaba mi sobrino Juan Pablo. Había sol y un calurón que quemaba, pero la brisa era fresca. Caminamos por los alrededores y compramos un poco de agua en unos abarrotes con un letrero que decía “mi casa es su casa”. La mujer que atendía el local nos lanzó una mirada muy rara que me recordó la anécdota de Sebald, cuando una niña “se le quedó mirando extrañada, con la boca medio abierta, como se mira a un ser de otra galaxia.” Tal vez vería otros lugares en nuestras miradas, otros tiempos... Yo había visitado el cenote Miguel Colorado, un lugar muy virgen lleno de monos araña, árboles de chicozapote y huellas de viejos chicleros. Otra galaxia quizá. Ese sitio engaña a la percepción. Desde el muelle junto al agua uno se hace una idea de las dimensiones y la profundidad; pero al nadar hacia el centro del cenote, todo eso cambia... Es el cuerpo, la inmensidad, el miedo. La mente es algo muy chingón, la imaginación; pero el cuerpo enseña lo real. Ahí puede surgir una explosión.


Después de caminar durante todo el día por el pueblo, finalmente encontré el sitio que buscaba. Tengo la idea de construir un pozo en este lugar, un pozo tradicional excavado en la tierra roja de Castamay. Me han dicho que podría encontrar agua a unos 12 metros de profundidad. En verdad resulta difícil escribir sobre esto, escribir del viaje. Una mañana cualquiera en la que suceden las cosas bajo una iluminación abrasadora, el ruido suave del viento y los pájaros sobre los mangos... No es posible hablar de eso. Todo podría resultar en una especie de autobiografía que corra entre lo real y la ficción, entre la civilización y la naturaleza. Pura invención y narrativa pues. Pero, ¿quién habla de escribir? El que escribe siempre está preocupado por otra cosa... (algo así decía Virginia Woolf)


Ayer por la noche regresé a México en el vuelo de la tarde. Lo hice con la mente cristalina y despejada. Sigo con la idea del pozo en la cabeza. Al llegar, recibí noticias de Miho. Ella y un grupo de artistas japoneses viajarán pronto a Campeche para exponer su proyecto “Selva de cristal”. Recuerdo el momento en el que el avión aterrizaba suavemente y aparecía la selva de cristales multicolores de la ciudad de México. El intrincado y laberíntico tráfico visto desde el aire, como un gran letrero luminoso: Viaducto, Cuauhtémoc y Eje Central son los caminos-relámpago.


martes, 30 de agosto de 2011

Días y noches iguales

Un reporte sobre la vida cotidiana en México.

El vampiro y el sexo, es una de las peores películas que han visto la luz en este país, según algunos críticos de cine. Lo creo. Pero aun así, valió la pena entrar aquella tarde de sábado a la Cineteca para ver al Santo en acción, saltando desde la tercera cuerda y combatiendo vampiros y vampiras tetonas. Aldo Monti, Alberto Rojas “el caballo” y una serie de chicas con peinados sesenteros, desnuditas y macabras. Erick Estrada, en su crítica para cine garage describió a un gringo que sentado en su butaca frente a él, resumió la película como “big boobs and wrestler masks”. Una maravilla.

Dos días antes, un grupo de jóvenes asesinos de Los Zetas incendiaron un casino en la ciudad norteña de Monterrey matando a 53 personas. Hoy, después de múltiples declaraciones internacionales, de expresiones de condena y manifestaciones exigiendo justicia por todo el país, las autoridades han capturado a cinco de estos sicarios pendejos. En sus declaraciones dijeron que con el incendio del local “Solo queríamos darles un susto”. Luego confesaron que sus jefes Zetas los regañaron por las dimensiones del ataque, en el que clientes y trabajadores murieron calcinados y asfixiados. El dueño del casino sigue desaparecido.

Esta mañana, el presidente de la República, en una ceremonia en el Museo de Antropología, pidió a los niños mexicanos no asustarse con la situación que vive el país. El día de ayer, un sujeto disparó en repetidas ocasiones en contra de un autobús escolar para abrirse paso en el centro comercial y residencial Interlomas, en el municipio de Huixquilucan.

En el teatro San Rafael, en la ciudad de México, se realiza la XLI Entrega de las Diosas de Plata que los periodistas cinematográficos organizan para las mejores actuaciones del cine mexicano. Entre los ganadores están Kate del Castillo, su papá Eric del Castillo y Eugenio Derbez.

Cerca de mi casa, en la calle Nicolás San Juan número 1314, hubo un asalto a la inmobiliaria Perera Bienes y Raíces, de la colonia del Valle Sur. Las víctimas fueron Víctor Javier Perera Calero de 71 años, quien fue asesinado por un balazo, y su hijo Victor Javier Perera de 32 años, que se encuentra gravemente lesionado y fue trasladado al Hospital Español. Hasta el momento no hay ningún detenido y se esperan mayores informes.

Hoy Luis Carlos Ugalde, quien fuera consejero presidente del Instituto Federal Electoral, presentó Integralia, el primer Reporte Legislativo que busca aportar información para analizar el funcionamiento del Congreso mexicano. Entre otras cosas, al llegar a la página 39 del documento, aparecen los diputados con más iniciativas presentadas: “El Diputado José del Pilar Córdova Hernández del PRI presentó el mayor número de iniciativas (23), equivalentes al 4 por ciento del total de presentadas durante el periodo”. Otro de los diputados con más iniciativas es Jorge Antonio Kahwagi Macari, ex-big brother televiso, diputado del PANAL, partido de la maestra Gordillo, con 17 iniciativas. En la página 20 se dan los porcentajes de la “Unidad Partidista” en el Congreso, que se refiere a la cohesión al interior de los grupos parlamentarios para votar iniciativas de ley, puntos de acuerdo y otros asuntos legislativos. Existe alta unidad cuando la mayor parte de los legisladores de un grupo parlamentario votan en el mismo sentido. México tiene la más alta “Unidad Partidista” del mundo, el porcentaje más bajo lo tiene el Partido del Trabajo, con 89.3 %

Pueden revisar este reporte en http://www.integralia.com.mx/

El ex presidente Vicente Fox Quesada propuso que el Gobierno pacte una tregua con las organizaciones criminales. El Gobierno se pronunció en contra de esta propuesta. La violencia relacionada con la acción del crimen organizado ha cobrado en México la vida de más de 40.000 personas desde diciembre de 2006, según cifras oficiales.

Conaculta Cine, a través de la Cineteca Nacional, ha programado el ciclo Revisión del western, conformado una serie de largometrajes provenientes del acervo fílmico de la Cineteca Nacional: desde sus inicios con filmes como “La diligencia” (Estados Unidos, 1939), de John Ford, hasta producciones más recientes como la imprescindible “Los imperdonables” (Estados Unidos, 1992), dirigida por una de las más icónicas figuras del viejo oeste aún vivas, Clin Eastwood. Pasando por “Cuando una mujer se atreve” (Estados Unidos, 1943) y “Hogueras de pasión” (Estados Unidos, 1945), ambos filmes protagonizados por John Wayne, una de las figuras más emblemáticas del género. Además de la programación del western crepuscular de Sam Peckinpah, “Tráiganme la cabeza de Alfredo García” (México-Estados Unidos, 1974), “Duelo al sol” (Estados Unidos, 1946), de King Vidor, una de las películas más costosas de su tiempo; “Winchester 73” (Estados Unidos, 1950), de Anthony Mann, filme determinante en la evolución de género debido a la reintroducción del paisaje como elemento esencial y a la creación de un tipo de personaje que podría denominarse “antihéroe”; además de “Refugio de malechores” (Estados Unidos, 1952), de Fritz Lang , y “Cuatro por Texas” (Estados Unidos, 1963), de Robert Aldrich. No se pierdan este ciclo…

Precaución, la circulación es complicada en Eje 3 Poniente desde Gutenberg hacia Av. Chapultepec.

En su twitter, el escritor y periodista mexicano Juan Villoro escribió: Escuché está frase en un cibercafé, “Es tan viejo que lee periódicos impresos”.

Un gran número de ciclistas realizan un recorrido para manifestarse en contra de las declaraciones de Ángel Verdugo, locutor de la radio del Grupo Imagen, que en días pasados, durante el programa radiofónico "Reporte 98.5" conducido por Francisco Zea, atacó y menospreció a los ciclistas de la ciudad de México calificándolos como una “nueva plaga que está a punto de causar daños severos en el Distrito Federal”. Entre otros argumentos, incitó a los automovilistas a que cuando “vean una nube de esta nueva plaga, de estas langostas, láncenles el vehículo de inmediato, no les den oportunidad a nada, aplástenlos para ver si así entienden”.

Aún quedan dos horas para que termine este día…


viernes, 26 de agosto de 2011

Jueves negro

No deseo pararme frente a la lluvia. No me gusta hoy esa idea. Estoy de pie sobre el balcón, frente a una gran tormenta negra que cae como un granizo estúpido sobre la calle. Se desploman vidrios, brillos, trozos resplandecientes… El edificio parece una sombra de mí mismo. La tormenta ha traído olas de agua que han cubierto todo –a mí también. Debajo del poste de luz, en la esquina de la calle Uxmal, se dibuja el volcán más hermoso que yo podría encontrar en el valle de México. No hay circulación alguna, no pasan autos en medio de esta tarde hambrienta. Oscurece. Un relámpago se estrella entre mis dos mejillas y se me cae la nariz del aburrimiento. Mi mujer en el baño usa tintes para el cabello, se desdibuja en los espejos del corredor. La lluvia de este jueves… Por lo demás, creo que ella piensa lo mismo de mí, y así las cosas. De pronto desearía devolverlo todo, sin control. Unas cuantas sirenas de cobre comienzan a sonar por la avenida. No hubiera querido quedarme así, de pie en la orilla de este balcón frente al vacío, con la música de los Troggs detrás de mí. Me doy cuenta que he metido los pies en un charco que ya no refleja nada. Noche oscura. Ya no estoy, me he ido, incluso podría correr hacia la esquina por cigarros. Una patrulla pasa con su linterna roja y deslavada. Este cielo cayó como un plomo sobre el lago invisible en el que vivo. La ciudad sigue creciendo desde el agua. Nada sería más real. En los noticieros resuena la distancia que me separa hoy: atentados, miedo y melancolías… Nada que temer. Un rayo se estrella a mi lado; permanezco adormecido. Siento la vida cruda de la luz primera, los ojos me bailan y se deslizan por la banqueta, caigo sobre mi almohada cerebral. No soy esa superficie que podría ocultar la profundidad, hoy no soy eso. Quisiera despertar al territorio, nos estamos ahogando en el no hacer nada…

domingo, 21 de agosto de 2011

Escribir un cuento – Raymond Carver

Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.


Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.


Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.


Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. “El esmero es la UNICA convicción moral del escritor”. Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa “única convicción moral”, deberá rastrearla sin desmayo.
 Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.


Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.


Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la “innovación formal”, y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta “pop”. Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de “innovaciones formales” en la narración. Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar —y maltratar, incluso— a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.


Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas —Barthelme, por ejemplo— no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.


Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos —una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer— con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.


En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento —si las palabras resultan oscuras, enrevesadas— los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó “especificación endeble” a este tipo de desafortunada escritura.


Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. “Lo haría mejor si tuviera más tiempo”, dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.


En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O’Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O’Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la “piadosa gente del pueblo”, para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:

Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.

Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O’Connor.


Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.


Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.
 Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.


La definición que da V.S. Pritcher del cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”, otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Taller de narrativa - Raymond Carver


Carver, Raymond: “Creative Writing 101”. Ensayo escrito como prefacio al libro de John Garadner, On becoming a novelist (1983). Trad. de Federico Patán

Hace mucho tiempo –en verano de 1958– mi esposa, yo y nuestros dos hijos pequeños nos mudamos a Yakima, Washington, a un pueblecito en los alrededores de Chico, California. Allí encontramos una viaja casa y pagamos de renta 25 dólares al mes. Para financiar este cambio, tuve que pedir prestados 125 dólares a un farmacéutico cuyas entregas yo hacía, un hombre llamado Bill Barton.

Este es un modo de decir que, en aquellos días, mi mujer y yo estábamos en la quiebra absoluta. Teníamos que vivir como se pudiera, pues el plan era que yo asistiría a clases en el aquel entonces llamado Chico State College. Porque desde que tengo memoria, mucho antes de mudarnos a California en busca de una vida diferente y de nuestra cuota de riqueza nacional, deseaba ser escritor. Quería escribir, y quería escribirlo que fuera: narrativa, desde luego, pero también poesía, obras de teatro, guiones, artículos para el Sports Afield, True, Argosy y Rogue (algunas revistas que en aquellos tiempos leía), colaboraciones para el periódico local; cualquier cosa que significara unir palabras para crear algo coherente y de interés para otras personas y no sólo para mí. Sin embargo, en el momento de la mudanza sentí en los huesos que me era necesaria alguna educación para ayudarme a ser escritor. Por entonces otorgaba mucho mérito a una educación, mucho más en aquellos días que ahora, desde luego, aunque eso se debe a que soy más viejo y ya tengo estudios. Entiéndase que nadie de mi familia había asistido a la universidad o, si de esto hablamos, nadie había superado el octavo grado obligatorio en la preparatoria. Nada sabía, pero sabía que nada sabía.

Así que junto al de educarme tenía aquel otro deseo fuerte de escribir; un deseo tan fuerte que, con el aliento recibido en la universidad y la preparación adquirida, seguí escribiendo mucho después de que “el sentido común” y los “hechos directos” –las realidades de mi vida– me dijeran , una y otra vez, que debía renunciar, cesar en mis sueños, discretamente seguir adelante y hacer alguna otra cosa.

Aquel verano en Chico State me inscribí en cursos obligatorios APRA casi todos los estudiantes novatos, pero también en algo llamado Curso 101 de Composición Literaria. Lo enseñaría un nuevo miembro del profesorado de nombre John Gardner, quien ya estaba rodeado por un asomo de misterio y romanticismo. Se decía que anteriormente había enseñado en Oberlin College, para renunciar por alguna razón que nadie aclaraba. Un estudiante me dijo que a Gardner lo hagían despedido –como cualquier otra persona, los estudiantes medran con el rumor y la intriga–, y uno más aseguró que Gardner simplemente había renunciado tras un revés. Alguien más dijo que la carga de enseñanza en Oberlin, cuatro o cinco cursos de literatura para primer ingreso cada semestre, había sido demasiado pesada, no quedándole a él tiempo para escribir. Porque se decía que Gardner era un escritor real; es decir, practicante: alquien que había escrito novelas y cuentos. De cualquier manera, iba a enseñar CL101 en Chico State, y me apunté.

Me excitaba el estar por tomar un curso con un escritor verdadero. Jamás antes había puesto los ojos en un escritor, y me hallaba en el asombro. Pero, quise saber ¿dónde estaban esas novelas y esos cuentos? Bueno, aún no se publicaban. Se decía que no conseguía publicar su obra y que la llevaba a todos sitios en cajas. (Ya siendo estudiante, vi esas cajas de manuscritos. Gardner se dio cuenta de mis dificultades para halar un lugar donde trabajar. Sabía de mi joven familia y de mis apreturas de espacio en casa. Me ofreció la llave de su oficina. Hoy considero aquel regalo el momento decisivo. No fue un regalo dado como al descuido, y lo acepté, pienso, como una especie de mandato. Porque eso era.

Pasaba parte de cada sábado y cada domingo en su oficina, que era donde guardaba las cajas de manuscritos. Las cajas estaban apiladas sober el suelo, al lado del escritorio. Sólo recuerdo un título, escrito con plumón en una de ellas: Nikel Mountain. Pero fue aquella oficina, ala vista de esos libros inéditos, donde emprendí mis primeros esfuerzos serios por escribir (…)

Para los cuentistas de la clase, el requerimiento era un cuento, de entre diez y quince páginas de largo. Para quienes querían escribir novela –pienso que había una o dos de estas almas–, un capítulo de unas veinte páginas junto con el esquema del resto. La cuestión estaba en que ese cuento, o el capítulo de la novela, iba a ser revisado diez veces en el transcurso del semestre antes de que Gardner quedara satisfecho con él. Era uno de sus principios fundamentales que el escritor encontrara lo que deseaba decir en el proceso de ver lo que había dicho. Y este mirar, o este mirar con mayor claridad, venía con la revisión.

Creía en revisar, en una revisión interminable. Era algo muy metido en su corazón y que consideraba vital para los escritores, no importa en cuál etapa de desarrollo se encontraran. Y nunca parecía perder la paciencia en las relecturas de un cuento, aunque lo hubiera visto ya en cinco de sus encarnaciones previas.

Pienso que su idea de cuento, en 1958, se parecía mucho a su idea de cuento en 1982: algo con un comienzo, una parte media y un final reconocibles. De vez en cuando se acercaba al pizarrón y trazaba un diagrama para ilustrar un punto que deseaba fijar respecto al aumento o descenso de la emoción en un cuento: cimas, valles, mesetas, resolución y desenlace, cosas por el estilo. No importa cómo lo intentara, no podía interesarme mayormente o entender de verdad ese aspecto de las cosas, aquel material que anotaba en el pizarrón. Pero sí comprendía el modo en el cual comentaba el cuento de un estudiante sujeto a examen en la clase. Gardner se preguntaba en voz alta qué razones tenía el autor para escribir un cuento sobre un baldado, por decir algo, y dejar la información sobre la deficiencia del personaje hasta el final mismo de la narración. “Así que, en su opinión, es una buena idea permitirle al lector saber que este hombre es tullido sólo en la oración final”. El tono de la voz transmitía la desaprobación, y sólo tomaba un instante para que todos en la clase, incluyendo el autor del cuento, vieran que no era una buena estrategia narrativa. Cualquier estrategia encaminada a ocultar del lector información importante y necesaria, para abrumarlo con la sorpresa al final del cuento, significaba engañar.

En clase se refería siempre a escritores cuyos nombres no me eran familiares. O si los conocía, no había leído la obra… Hablaba de James Joyce, Flaubert o Isak Dinesen como si vivieran carretera abajo, en Yuba City. Decía “Estoy aquí para decirles a quién leer, así como el modo de escribir”. Abandonaba yo el salón en un aturdimiento, e iba directo a la biblioteca, en busca de libros de libros de los escritores que él había mencionado.

En aquellos días Hemingway y Faulkner eran los autores reinantes. Pero, en total, probablemente no leí más de dos o tres libros escritos por esos fulanos. De cualquier manera, si eran tan conocidos y si tanto se hablaba de ellos, no podían ser así de buenos ¿o sí? Recuerdo que Gardner me dijo: “Lee todo lo de Faulkner que te caiga en als manos, y entonces lee todo Hemingway para limpiarte del sistema de Faulkner”.

Nos introdujo a las publicaciones literarias o “pequeñas” trayendo un día a clase, en una caja, esas revistas y distribuyéndolas, de modo que nos familiarizáramos con sus nombres, viéramos qué aspecto tenían y captáramos la sensación de tenerlas en la mano. Nos dijo que allí aparecía casi todo lo mejor en narrativa y prácticamente toda la poesía. Narrativa, poesía, ensayos literarios, reseñas de libros recientes, críticas de autores vivos por autores vivos. En aquellos días me sentí alocado con tanto descubrimiento.

Para los siete u ocho que estábamos en su clase, ordenó sólidas carpetas negras y nos dijo que allí guardáramos nuestros escritos. Conservaba su propia obra en carpetas así y, desde luego, aquello nos convenció de usarlas. Llevábamos nuestros cuentos en esas carpetas y sentíamos que éramos especiales, exclusivos, que nos sigularizábamos de los otros. Y así ocurría.

No sé cómo haya sido Gardner con otros estudiantes cuando llegaba el momento de hablarles acerca de su trabajo. Sospecho que a todos daba mucha atención. Pero fue y sigue siendo mi impresión que, durante ese período, tomó mis cuentos con mayor seriedad, los leyó en mayor detalle y con mayor cuidado de lo que era mi derecho esperar. Nada me preparó para el tipo de crítica que recibí de él. Antes de la reunión ya había revisado mi cuento, tachado oraciones, frases y palabras inaceptables e, incluso, parte de la puntuación. Me dio a entender que esas supresiones no eran discutibles. En otros casos, encerraba en corchetes frases o palabras y eran elementos de los que hablábamos, eran casos negociables. Y no titubeaba en agregar algo a lo que yo hubiera escrito: una palabra aquí o allá o quizás algunas palabras, tal vez una oración para aclarar lo que yo intentaba decir. Discutíamos las comas de mi texto como si nada en el mundo importara en ese momento y, de hecho, nada importaba. Siempre buscaba algo que pudiera alabar. Cuando había una oración, una línea de diálogo o un párrafo que le gustaba, algo que en su opinión “funcionaba” y hacía adelantar el cuento de alguna manera placentera o inesperada, escribía al margen “Bien”o “¡Excelente!”. Y, al ver esos comentarios, mi corazón se alegraba.

Era una crítica minuciosa, línea a línea, la que me hacía, así como las razones en apoyo de la crítica, por qué algo debía ser de esta manera y no de aquélla. Me fue inapreciable en mi desarrollo como escritor. Tras esa plática detallada sobre el texto, hablábamos de las cuestiones mayores de la historia, el “problema” que se intentaba iluminar o el conflicto que estaba manejando, y el modo en que el cuento encajaba o no en el gran esquema de la escritura cuentística. Estaba convencido de que si las palabras en el cuento eran borrosas a causa de la insensibilidad, el descuido o el sentimentalismo del autor, el texto sufría una desventaja tremenda. Pero había algo incluso peor, que debía ser evitado a cualquier costa: si las palabras y los sentimientos eran deshonestos, si el autor los falsificaba, escribiendo sobre cosas que no le interesaban o en las que no creía, entonces jamás podría nadie interesarse en ello.

Los valores y el oficio de un escritor. Era lo que enseñaba aquel hombre y lo que defendía; y eso es lo que he conservado conmigo a lo largo de estos años, desde aquella época breve pero definitivamente importante.

Publicado en: Zavala, Lauro (editor, 1997): Teoría del cuento II. La escritura del cuento. México, Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 225 a 231

jueves, 28 de julio de 2011

Lawrence Weiner

¿Dónde estuvo el golpe?


En los últimos años me he mudado siete veces, con todo lo que un movimiento de este tipo conlleva: arreglar el viejo departamento -en el que todo acaba revuelto-, limpiar la basura del taller, vender muebles, ropa, tirar papeles y bolsas repletas de cosas inútiles, cargar con libros y discos, arreglar hasta la última repisa en el muro justo antes de moverme a una nueva ciudad, barrio o calle. En ocasiones, estos cambios son duros y sorpresivos, pero finalmente resultan tan inesperados como necesarios. Lo cierto es que siempre hay una extraña claridad detrás de ellos. Bueno, con todo esto quiero decir que existen momentos que me golpean como un puño en la cara. Son golpes que en vez de derribarme, actúan en sentido contrario y me colocan en una especie de tránsito continuo, en algo que no regresa a ser lo que antes había sido. En esos momentos me da por pensar que el arte debe tener siempre esa función misteriosa, esa crueldad plena de la niñez absoluta que lo cambia todo.


Esta semana me he mudado de nuevo. Me pasa constantemente, no lo puedo evitar. Ahora me ha pasado con L. Weiner. He recibido el golpe al leer sus conferencias y entrevistas. Esa sensación de que algo se agota y vuelve a iniciar, como un choque eléctrico. Es inevitable. Podría parecer absurdo, tal vez lo sea, pero en realidad no existe gran cosa detrás del golpe; es simplemente un puño de autenticidad. En una de sus pláticas, Weiner describe sus ideas y experiencias, habla de los carteles. Es una charla con estudiantes realizada el 15 de noviembre de 1989, en Ginegra. No más. Él habla del arte y el diseño, habla de la escritura y la pintura. No sé realmente dónde estuvo el golpe, de dónde provino. Tal vez haya sido la falta de dinero, los problemas cotidianos, no lo sé...


Weiner dice:

“Cuando no tenía oportunidad de exhibir en una galería, lo que hacía era un cartel. Un cartel no es caro. Con algo de cuidado y trabajo es posible hacer un cartel eficaz con muy poco dinero. En blanco y negro. O puedes hacerlo tú mismo. Pero sería ridículo poner una fábrica de carteles y controlar todo tú mismo. Un cartel es como un periódico, un medio para entender todo tipo de infromación pública. Amo la idea del cartel, es verdaderamente la escritura en la pared. Cuando todas las situaciones tradicionales estén cerradas para tí por razones políticas, estéticas o personales, el cartel es una posibilidad de hacer una intervención.”


Con Weiner, la idea del cartel es un estupefaciente, una experiencia. El arte es un hecho empírico existente. Él puede hablar de otra cosa cuando habla de sus carteles o, acaso, yo puedo permitirme leer otros significados, traducirlo, antropofagiarlo... Entre otras cosas, comienza a hablar de la piel, la ciudad y la pintura:


“Y el cartel no es un graffiti. El graffiti es otra cosa, su contenido está vinculado a su lugar. Tiene una idea de necesidad, de frustración. Un cartel es como un tatuaje.Un tatuaje tiene que ver con la presentación, el dibujo es muy claro, muy acabado, y al mismo tiempo, una vez que está en el cuerpo cambia completamente. No significa lo mismo, depende de dónde esté. Y a la vez es siempre lo mismo. Exactamente lo mismo pasa con un cartel. Aceptas la ciudad, aceptas la cultura, pero el cartel cambia según donde esté puesto, como un tatuaje. Un cartel es la presentación de un contenido sin frustración, con un poco de inspiración, un poco de idealismo quizá.

(...)

Un cartel y una pintura son la misma cosa, exactamente la misma cosa.”


Y eso es todo. ¿Dónde estuvo el golpe? -me pregunto. No importa. El asunto estaba claro, tenía que mudarme. Había que seguir jodiendo, pero en otra parte.


Recordé entonces mi adolescencia. Todo este asunto del cartel me llevó de vuelta a ese tiempo, cuando vivía en Campeche, una ciudad muy pequeña y aburrida, hermosa como una piedra caliza. En contraste, yo era un verdadero monstruo; estaba jovencísimo y era aun más feo de lo que ahora soy. Padecía un acné terrible y eso era una batalla que me hacía palidecer, rabiar, avergonzarme hasta la médula. Era algo hereditario y no podía hacer nada. Caminaba perdido entre otros adolescentes. Mi padre me llevó con médicos que pretendían curarme pero todo resultaba inútil. Comencé a esconderme cuando el asunto se agravó. Me dolían hasta los ojos y el cerebro y las orejas. Era insoportable pensar que mi piel era una chingadera. Así anduve durante un tiempo hasta que algo sucedió.


En esos días yo coleccionaba los fascículos de La Historia de la Música Rock, creo que eran publicados por la editorial española Orbis. Cada semana los compraba en un puesto de revistas del centro de la ciudad. Usaba lentes negros y una gorra que me tapaba media cara antes de salir de casa para encaminarme hasta el local de don Guayo Gómez, a quien pagaba unas monedas por los fascículos de cada martes. Uno de ellos estaba dedicado a Traffic, una banda grandiosa de los grandiosos años setenta. Steve Winwood era su líder, gran vocalista y compositor. Realmente yo admiraba a este tipo, entre otras cosas, por haber formado un supergrupo con Eric Clapton, Ginger Baker y Ric Grech: Blind Faith, una banda legendaria. Habían grabado un solo disco con una portada de antología. Yo estaba fascinado con esa idea. En el fascículo describían a Winwood como un adolescente con la cara llena de acné. Las fotos lo mostraban tal cual: una estrella del rock con el Spencer Davies Group, joven, lleno de granos, cantando detrás de su piano. Eso me bastó. Desde aquel día dejé los lentes y la gorra en el armario y comencé a caminar por las calles, aprendí a reírme de mi cara monstruosa. Todo parecía más claro que de costumbre. Stevie Winwood sufría también la tortura adolescente del acné y sin embargo nada pasaba. Tiempo después me mudé, salí de Campeche.


¿Dónde estuvo el golpe? No importa en realidad. Eso fue hace mucho tiempo. Pero el asunto estaba claro, tenía que mudarme -como ahora. Había que seguir jodiendo -como ahora. Pero en otra parte...


domingo, 24 de julio de 2011

Lo más sorprendente de los monumentos es que no los vemos



El viaje de estos días es una especie de parapente que se eleva dando brincos. Hace unos días me encontraba entrando y saliendo de lugares llenos de música y gente, ruido y alcohol adulterado. Estaba en la ciudad de los wachos, como le dicen en el sureste a los chilangos. La ciudad de México es siempre un balcón repleto hacia la calle. En un lugar como ese, los monumentos son construidos como imanes. La gente se acerca, los recorren, los fotografían, vuelven a ellos cuando recuerdan la ciudad.


Hay una vieja carretera entre Campeche y Yucatán, que es también todo un monumento. La verdad es que se trata de una carretera llena de baches, de grandes rectas y paisajes rojos. Me ha tocado ver a niños de los pueblos cercanos marchando y practicando sus desfiles sobre la carretera, sin problemas. Casi no pasan autos por ahí. Muchos menonitas, provenientes del norte de Alemania, han desarrollado grandísimos ranchos, preciosos, donde cultivan tomates, frutas, producen leche, queso y comercian con ganado por toda la región. Son muy pacíficos y les gusta este lugar, llamado Los Chenes, que en maya significa Los Pozos. Los menonitas se llevan muy bien con los mayas, no les llaman “indios” -como en otros lados- e identifican a unos y a otros. Por ejemplo: Un dzul es un señor blanco y con medios económicos; es diferente al catrín, que es más “elegante” y se viste con ropa occidental; un mestizo, por el contrario, usa ropa tradicional maya y, además, habla la lengua maya; un mayero habla también el maya, sin importar cómo se vista; pero es distinto al masewal, que habla maya pero es pobre, porque vive y trabaja en el campo, es un campesino; un wits es un maya descendiente de los protagonistas de la Guerra de Castas que viven en el centro de Quintana Roo, es como un migrante; un wach es una persona proveniente del centro de México... Todos somos diferentes en esta región, como en todos lados, como en México o Berlín. A mí me dirían campewach, por ser campechano y vivir en el D.F.


Hoy es domingo, atravieso un territorio formidable, llueve. Paso por uno de esos ranchos menonitas muy verdes, lleno de pastizales y cultivos perfectos, en medio de una gran tierra roja de kankab. Muchos niños rubios caminan por la orilla de la carretera. Me acerco a Campeche y podría estar en cualquier otra parte.

Paul Thek: Tomb

jueves, 21 de julio de 2011

A Letter from Kazimir Malevich



I remember that cold and snowy winter in Petrograd in 1915 as if it were yesterday. Everything was in motion. It was a time of great hopes, enthusiasm, optimism, Futurism and, of course, Revolution. You could even smell it in the cold Russian air.
The end of the great century… the new age… huge and cold building at Marsovo Pole (Champ de mars) no. 7… The Last Futurist Exhibition 0,10 … no heating … Puni running around always asking for nails… Kliun quite nervous, like a bridegroom before the wedding. I must admit I didn’t have any pervious plan for my, as you now say, “installation.” It was purely accidental. I only knew that the Black Square must be in the top corner. Everything else was irrelevant. While I was hanging my small Suprematist paintings here and there, it didn’t occur to me that the photo of this installation would become so famous and be published in hundreds of books, reviews. And today, one of my colleagues has even “quoted” it in his work! I don’t remember now who actually took this picture, but it is just a photo, black and white. No colors! I have an impression that this photo is becoming even more important than my Suprematist paintings! This was the major reason I kept on thinking for years to do the same exhibition again.

martes, 12 de julio de 2011

Elsewhere



Llegué por casualidad a los alrededores del puente de la Unidad, que une a Campeche con la isla del Carmen. La estructura de ese puente comenzó a operar en 1982 a partir de una tragedia ocurrida la noche del 22 de agosto de 1980: el hundimiento de la panga “Campeche”, que hacía los peligrosos cruces entre Isla Aguada y Puerto Real, en el mar de la Laguna de Términos. Yo tenía 10 años de edad y recuerdo las noticias en la radio, los periódicos, el noticiero de Zabludovsky que hablaba como autómata en un televisor en blanco y negro. Esa madrugada murieron 150 personas. Varios días después del naufragio, buzos de la Armada de México y de Petróleos Mexicanos hallaron los restos de la panga hundida. Al examinar el puente de mandos encontraron al capitán de la panga, Julio César Quej Parra, firmemente abrazado al timón.
Campeche me da la sensación de andar en un territorio conformado por ruinas, por vestigios que se quedaron en proceso de crecer. Y no lo digo por las zonas arqueológicas, que hay miles, a cada paso, ese es otro cantar. Lo digo por lo que ha quedado de la industria más reciente: el chicle, el henequén, el palo de tinte, la industria camaronera que anda a pique... Hay una pendiente que aún no logra estabilizarse; esta parte de la península de Yucatán es un sitio que parece estar lejos de todo.
Muy cerca del puente, en las costas de Sabancuy, Smithson había realizado su noveno desplazamiento de espejos. No era mi intención encontrar los sitios donde él se había detenido, pero me gustaba seguirle la pista, casi como desandando sus pasos. Después de un tiempo, estos lugares me parecen otros sitios, muy distintos de los que conocí siempre. ¿Es posible que tu lugar de origen y tu lugar presente lleguen a intercambiarse? Tal vez el descubrimiento en el sitio donde creciste sea lo más sorprendente del caso… Cualquiera que sea esa distancia que nos aleja, creo que de una u otra forma, está siempre en el interior.

sábado, 2 de julio de 2011

Diabético

El arte tiene que ver con el sistema nervioso. Es un saco, un cuerpo, un manojo de nervios, algo que puede provocar un lapsus fuera de sí. Una enfermedad. No lo sé. Imposible explicarlo de otro modo: es imprescindible practicar una anti-técnica, un actuar incontrolable. Pero la dificultad del control es sólo física. La enfermedad -la idea que de ella tengo- es única, conlleva acontecimientos, hechos, contenidos, existe desde una etapa anterior a la convalecencia: una superpoblación del estado pre-mental. La enfermedad, como el arte, son pre-físicos, requieren un historial del descontrol para manifestarse. En algún momento suben los niveles y la inquietud es notoria. La glucosa arremete cuando se sueña, cuando se duerme mal. En otro momento bajan los niveles, cuando no se tiene ningún plan, nada que hacer. Entonces todo comienza a deslizarse hacia el blanco. Sobreviene el sueño, el aburrimiento, el hastío. He despertado, en ocasiones, desquiciado por un ataque de nervios y temblores. Esto quiere decir que las células están vacías, no hay azúcar en ellas. Todo se desplaza, es duro. Estar enfermo es ser incontrolable, es el tiempo, día y noche, sin descanso. Sólo eso. No se dice nada y nadie sabe lo que sucede en el interior. Los movimientos pueden ser normales pero el cuerpo muerde, gime, sobreviene como un pánico ajeno; todo podría terminar en el coma. Si, la enfermedad y el arte también mueren. El asunto es comenzar a deslizarse hacia el blanco en esa soledad del cuerpo, en ese testigo interno con el que se puede transcurrir y sentirse vivo. Se puede estar en casa. El cuerpo también hace señas, se levanta, avanza. Es desconocido hasta por los médicos más asombrosos. El cuerpo es el sombrero del mago que hace al hombre y el arte tiene que ver con ese mago. ¿Son mis nervios o estoy en el coma? El sistema del cuerpo no elude, solo goza, duele y aplasta; pero también es ese metal de nervios que se mantiene en su larga carrera hacia el fin. ¿Es posible semejante imagen? Sube a tu plataforma y observa lo que viene.